martes, 31 de julio de 2012

Labios Rojos




 Las calles parecían en silencio. Ella caminaba con sus simples zapatos de cuero grises, que apenas se notaban plateados de cerca, mientras se miraba las manos. Su atuendo, aunque enmarcaba las suaves curvas de su cuerpo,  parecía contrarrestar intencionalmente con lo poco llamativo, la belleza de su rostro.

Su piel era irealmente blanca resaltaba el negro de su pelo. Sabía bien que solo faltaba un color, y por eso se hería cada 20 minutos los labios con un labial rojo. Tal vez era la única herida que admitía, aparte de sus ojos; porque pocas cosas le dolían más que dar un beso en vano.

Todo en su carita era suave. pómulos delicados, mentón pequeño, nariz redonda y discimulada; Apenas los labios afirmaban un poco de su sensualidad. Pero sus ojos. Sus ojos eran la excepción.

No era que la hora no tuviera la calle a reventar de ruido. La gente pululaba en las aceras del centro de la ciudad, los autos pasaban escandalosos, entre frenones, pitos y motores afanosos. La luz chillona de los locales alrededor parecía acrecentar el ruido, encoger el espacio, aplastarlo todo contra los muros.

Sin embargo, con ella se hizo el silencio, porque esos ojos no le pertenecían.

Eran fríos, con un dejo de tristeza en su marco pero no en su fondo. Su fondo parecía decir Por cada paso que de hacia ti, me alejaré dos. Parecían los ojos de un gato desconfiado. El testimonio de quien fue hecho para la ternura, y moldeado para el adiós.


La multitud la perdió. Abrió la puerta de su casa, y sin darle luz que se reflejara en su piel de cromo, se despojó, paso por paso, cosa por cosa, prenda por prenda, camino al baño.

Así, a oscuras, en un mundo a blanco y negro, abrió la llave en la pared, dejando que el agua hirviente hiciera una sola cascada con su pelo.

Con su cabeza levemente inclinada hacia abajo en una pose en la que sus gruesas pestañas no dejaban ver si tenía abiertos o cerrados los ojos, estuvo casi inmóvil bajo el agua y el vapor por una eternidad.


Era una estatua. Una muñeca. Parecía no respirar. Tal vez estaba muerta.

En su cabeza bailaban, como en el agua, pedazos de letras de canciones que creía escritas para ella.

Y lo que el murmullo del agua le dijo esa noche, fue solo para sus oídos.

Era un secreto que, aunque quería divulgarse. Nadie parecía digno a escuchar.

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